domingo, 20 de enero de 2013


Creation and Evolution: A Conference with Pope Benedict XVI in Castel Gandolfo


Reseña de Horn, S. (ed.), Creation and Evolution: A Conference with Pope Benedict XVI in Castel Gandolfo, Ignatius Press, San Franciso, 2008, 200 pp.

Santiago Collado González, Universidad de Navarra

scollado@unav.es

Publicada en Anuario Filosófico, XLII/1 (2009), pp. 218-221.


Antes de ser elegido papa, Benedicto XVI solía reunirse cada año con un grupo de alumnos y algunos profesores para reflexionar y debatir un tema previamente elegido. Tras ser elegido Papa ha mantenido esta costumbre y sigue reuniéndose con el mismo fin en Castel Gandolfo, la residencia de verano de los papas. El año 2005 fue testigo de vivas discusiones entorno al ya clásico debate creación-evolución. En el verano de ese año, el New York Times publicó un artículo del Card. Schönborn de gran repercusión mediática. A finales de ese año en Dover se celebró un juicio contra el movimiento Intelligent Design. La intensidad e interés de estas discusiones llevaron a Benedicto XVI a encargar al Card. Schönborn preparar la reunión del verano siguiente, que giró en torno al debate entre creación y evolución. Fue el 1 y 2 de septiembre de 2006.


Este volumen recoge cuatro ponencias de diversos autores y las intervenciones de los debate posteriores, incluidas las de Benedicto XVI. También se añade un apéndice con un artículo de uno de los participantes y coeditor del libro (S. Wiedenhofer) titulado Fe en la Creación y teoría de la Evolución, que fue un documento de trabajo. Los cuatro ponentes y los títulos de sus respectivas exposiciones fueron: P. Schuster, Evolución y Diseño. Intento de un reconocimiento de la teoría de la evolución; R. Spaemann, Descendencia y diseño inteligente; P. Erbrich, El problema de la creación y de la evolución); C. Schönborn, Fe-Razón-Ciencia. El debate sobre el evolucionismo.


Es difícil sintetizar completamente todas las cuestiones tratadas, pero algunos hilos conductores recorren, de una manera u otra, casi todas las intervenciones. Las palabras de Benedicto XVI y sus intervenciones finales lo sintetizan bien. Un punto importante señalado por el entonces Card. Ratzinger en un discurso de 1985, es que los problemas de la teoría de la evolución no se dirimen entre la ciencia y la fe, sino en el seno de la racionalidad que pretende reducirse a un sólo tipo sin respetar su pluralidad metódica.


En otra cita, ahora de un discurso en la Sorbona en el año 99, Benedicto XVI destaca que un punto central de este debate lo constituye el llegar al fundamento de lo real, y hasta qué punto la teoría de la evolución es posible como una teoría global, como algunos pretenden. El problema surge al presentar la evolución como una teoría de la totalidad convirtiéndola en una filosofía primera al modo de la metafísica. No se discute la capacidad de la evolución para explicar procesos biológicos. El problema está en la pretensión de globalidad, de totalidad con la que algunos la defienden. La evolución se presenta a veces de tal manera que se imposibilita decir algo que vaya más allá de lo que la ciencia nos dice sobre lo real. Se encuentra, además, con un problema insalvable cuando trata de constituirse como un saber global. Como consecuencia de la identidad que se descubre en la primacía del Logos y del Amor, cualquier explicación de la realidad que no esté en condiciones de explicar racionalmente un ethos es insuficiente para constituirse como saber filosófico. Los aspectos claves de la teoría de la evolución, es decir, la selección y la supervivencia del mejor adaptado son abiertamente insuficientes para fundar un ethos digno del hombre. Sin embargo, la identidad descubierta entre la razón y el amor como pilares de lo real son cuestiones nucleares.


En la primera intervención, el Prof. Schuster trata de presentar explícitamente la teoría de la evolución desde una perspectiva científica. Explica la evolución de una manera clara y ordenada con todos sus ingredientes actuales: las ideas de Darwin, Mendel, y la contribución de la bioquímica y genética modernas. Ofrece argumentos suficientes y consistentes para poder reconocerle el estatuto de teoría científica, el mismo que ostentan otras disciplinas como la física o la química, por ejemplo. Aparte de esbozar el papel que juega el azar en la biología, hace tres importantes consideraciones que después son objeto de debate porque tienen implicaciones de carácter filosófico o son objeto de discusión en la actualidad.


La primera de ellas es que la biología ofrece hoy una visión de la evolución por la que ésta se puede entender globalmente sin necesidad de postular un agente exterior que intervenga en sus procesos. En la segunda, se afirma que en el contexto de la teoría sintética de la evolución, el concepto de teleología es sustituido por el de teleonomía. Esto significa que el motor del cambio no es la finalidad, la cual, dice, es sólo aparente, y hay que contemplarla más bien como un resultado del proceso evolutivo. Esta afirmación, continúa, es consecuencia de una de las ideas básicas de la teoría de la evolución. Los cambios o mutaciones no están orientados, y su permanencia en los seres vivos viene determinada a posteriori y como consecuencia de los beneficios que reporta a su portador. En la tercera consideración, Schuster divisa una puerta abierta por la ciencia a la teología. El autor reconoce su fascinación por el hecho de que la vida se haya abierto paso a través de un pasillo o camino verdaderamente estrecho: la exigencia de unas condiciones físicas, primero, y ambientales, después, que se mueven en un margen muy estrecho de posibilidades.


En las otras intervenciones los ponentes abordan cuestiones relacionadas con la primera exposición desde un punto de vista filosófico. Uno de los temas centrales presentes en todas las exposiciones ha sido el de la finalidad. La lectura de cada exposición, en contraste con la primera, permite comprender que las afirmaciones de Shuster están condicionadas de una manera clara por el propósito explícito de no salir del ámbito científico. Otras ponencias tratan de entender la finalidad desde otros niveles de racionalidad, aunque no se llegue a conseguir una caracterización satisfactoria para todos. Queda claro que una adecuada comprensión de la teleología sigue estando en la base de la problematicidad del debate entre creación y evolución.


La intervención más crítica con respecto a la teoría de la evolución es la última. Schönborn se resiste a equiparar el estatuto científico de la teoría de la evolución con el ya asumido para otras ciencias como la física, y señala algunas de las objeciones que él considera más serias. El debate que sigue a esta ponencia ofrece puntos interesantes, p. ej., el grado de asentamiento científico de la teoría de la evolución, el uso ideológico que se hace de ella, la importancia de considerar distintos niveles de racionalidad o lectura de la realidad (tema expuesto con amplitud por Spaemann), la necesidad del concurso de la fe en la comprensión de lo real, etc. También provoca una de las intervenciones más largas de Benedicto XVI.


Finalmente, Benedicto XVI resume algunos de los puntos más destacados que se han tratado y concluye, en respuesta a un diálogo entre Schönborn y Wiedenhofer, con lo que podría considerarse una síntesis de su pensamiento sobre los temas abordados. Señala que no deberíamos apoyarnos sólo en la capacidad de la fe para explicarlo todo. Fe y razón van juntas, se complementan mutuamente: la racionalidad de la materia, que abre una ventana al Espíritu Creador, a la que no se debe renunciar, y la fe bíblica en la creación que nos ha señalado la vía a una civilización de la razón. Se trata de una dimensión de contacto entre el mundo griego y el bíblico. La naturaleza es racional, pero su racionalidad tiene límites: nuestra visión de lo real no nos permite una comprensión completa de los planes de Dios. Además, en la naturaleza permanece la contingencia y el enigma de lo horrible. Tampoco la filosofía puede comprenderlo. En este punto la filosofía reclama algo ulterior y la fe nos muestra el Logos, que es la razón creadora, que, de manera increíble puede hacerse carne, morir y resucitar. De esta forma se nos muestra un Logos completamente diverso al que podemos intuir y buscar tentativamente partiendo de los fundamentos de la naturaleza.


Este libro no es un tratado con el que se quiera llegar a conclusiones firmes y según un orden sistemático. Ofrece, en cambio, un buen número de reflexiones que inciden en problemas nucleares de la filosofía de la naturaleza. Hay muchas cuestiones abiertas y algunas ideas que ayudan a localizar los problemas y vislumbrar sus soluciones.

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